YAP CONSTRUCTO 2015




Los Pesos del Agua. Proyecto realizado por Tomás Villalón + Emanuel Astete. 






















EL CASTILLO EN EL AGUA.

El gris anaranjado de los zapatos hacia un poco de sombra sobre el maicillo brillante.

El caminar por el sendero es parte de una historia conocida por todos, un acto cotidiano: sin acentos, sin accidentes; casi como si el rutinario tiempo se apozara para hacer el camino aun más lento.

El reflejo seco de la tierra, la aridez plana, el verde homogéneo de los prados. Un paisaje pasivo armado por los pasos y el ritmo silente de las suelas.

Cuando el ritmo parsimonioso y plano parece adormecer el ir y venir, sincopadamente otro trinar desordena los sonidos.

Un tono grave, azul grisáceo, pesa sobre una amplificada sonoridad, casi como un nuevo estado que altera una partitura conocida y planiforme.

Un resplandor inesperado, como un espejismo, como un trozo de cielo, como un brillo recortado. Una tina de agua teñida del negro de su fondo lo refleja todo: el cielo, los arboles, los ecos y colores.

El agua construye la calma con el aire y el tiempo necesario.

El agua toma distancia, lejanía, cercanía intocable, lejanía deseable.

El agua no solo amplifica el volumen de un castillo flotante, sino que amplifica sus ecos, duplica sus colores y desdibuja sus bordes.

Es finalmente una imagen de castillo, casi como una pieza recortada de una imagen onírica, o una ilustración de Scolari.  Un fuerte sin su carne que aún conserva su foso de agua, sus puentes y sus naves.

Es un castillo distinto, una pieza filamentosa, sostenida por sus nervios, por un esqueleto que ha dejado su muralidad en otra parte, que ha extraviado las huellas del tiempo para sentar un nuevo orden.

El castillo es una colección de embalajes, no es solo uno, es un complejo, una serie, una acumulación, un desembarco de experiencias que silentes reposan en el agua negra y densa.

No es fácil entender que estuvo primero allí. Si siempre estuvo el agua reflejada, o si el agua inundo estos cuerpos con el paso de los años. Quizás el agua cargo su reflejo, y solo ahora logró materializar los embalajes en la superficie.

El agua vibra sonando en un color oscuro y lento. El sonido de las gotas destruye la simetría de los pasos, confunde la idea de continuar o detenerse, diluye la puerta, destruye ese morboso punto donde las cosas deben controlarse.

El castillo parece no tener una puerta.

El castillo parece no tener suelo.

Es una ruina arrastrada por el agua.  Ha perdido sus piezas que le daban sentido, dejando algunas cosas bajo el agua, otras sobre ella. Algunas sin su carne, algunas sin su nombre.
Se hace necesario caminar sobre el agua para poder entrar. El extravío de puentes y rutas, solo ha dejado algunas huellas que permiten caminar mirando el suelo, viendo como pequeñas maderas dejan pasar el agua y sus sonidos como capilaridades minúsculas, dejando los pasos necesarios para interrumpir el reflejo y su silencio.

El interior emerge en un riguroso orden. Un rigor extremo, fortificante, recto, rectangular. Un rigor sin ruidos, silente, neutro, pausado. La dictadura de la geometría impone la libertad del agua y sus movimientos, y la sentencia de los cuerpos edificados.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha llenado un tanque de agua rebalsando el segundo.

El agua aloja en su reflejo negro los envoltorios de seis volúmenes desnudos, desprovistos de su carne, vulnerables y traslucidos; Cada uno circundando un vacio que transforma la magnitud inconmensurable del parque en un interior mensurable y ergonométricamente próximo.

La exposición da paso a la intimidad.

La agresividad de la magnitud da paso al control de la proximidad: cercano, táctil, medible, sensible, abordable.
Cada embalaje recibe estas cualidades de una forma distinta. El agua desde el reflejo, desde el estanque, desde la masa terrestre, a pieza almacenada, a recipiente, a vasija de acumulación.  Cada cuerpo es un embalaje para un trozo de experiencia, para un relato del agua, para una manera diferente en que el cuerpo interactúa con las singularidades de su fluidez, capilaridad, peso, humedad, temperatura y coloridad.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha llenado un segundo tanque rebalsando el tercero.

Un silencio brumoso, una humedad reflejada, un eco interrumpido, una lluvia negra, una línea de agua, una transparencia pétrea.

El agua retiene estas experiencias en pesos. Cargas que someten la estructura de los embalajes a esfuerzos que denoten su firmeza. El agua en altura, el agua flotando, el agua como simples gotas suspendidas en embalajes para su guarda.

Un pabellón desnudo y esquelético se ha vestido de penumbra para recibir la bruma. La bruma como silencio y como tiempo, expone el cuerpo a la humedad simple y honesta. Una bruma desnuda, rojiza, una bruma bañada en tinta irrigada por un corazón de ciprés humedecido por un acueducto que viaja en las alturas. Un acueducto zigzagueante, veloz, gravitante y gravitacional, simple. Una tripa descalza e irreverente que ha desatendido la dictadura de la geometría.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha llenado un tercer tanque. El tanque esta completo.

Un nuevo cuerpo esta vestido del reflejo. El reflejo como un construcción invertida en una tinta negra. Una tinta densa, espesa, que amplifica la forma de embrión de una barrica de fibra de vidrio translucido y quieto, que cambia sus tonos por el movimiento del agua. Una banca, el agua y el embrión de agua. Solo eso. El resto parece venir de una ciudad invisible de Calvino, una construcción invertida, quieta, silente, pesada.

A pasos, el eco de las gotas compone una ordenada partitura. Un desalojado volumen se viste de una gruesa tela de gamuza negra, arrugada y plegada, maciza y porosa. El ruido seco golpea sobre una tina y se amplifica el eco logrando un silencio quebrado por la incisiva métrica del ritmo, y la inesperada complejidad de los sincopados. La caja de resonancia en ciprés, termina por construir un sonido con perfume húmedo, con aroma y métrica, con tinta y orden.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha vaciado el primer estanque. El segundo y tercero conforman el tanque.

Tras una cortina traslucida blanca, el sonido punzante de la gota se desvanece en miles de semicorcheas que golpean un tanque de agua negro. Un tanque de ciprés se ha llenado de orificios para construir un universo de partículas de agua, un mundo acuoso que ha atrapado el aire y el tiempo en la experiencia húmeda del cuerpo bajo la lluvia. Las gotas humedecen y golpean, destruyen un ritmo candente y parsimonioso, arman una sinfonía espesa y voluminosa. Es un cuerpo, es carne, una caverna que ha construido un volumen poroso, franqueable, mojado, pesado y etéreo.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha vaciado el segundo estanque. Únicamente el tercero conforma el tanque.

El volumen de agua de lluvia, da paso a un espacio estrecho y contenido donde una pieza de fibra construye un monolito de agua solida y traslucida. Como un iceberg, como un trozo de glaciar, como agua acumulada en una tina milenaria. Un embrión de agua que ha acumulado lentamente su volumen y que por las comisuras va tiñendo de blanco la tinta negra del estanque sus pies.

Finalmente, dos rocas, dos cascadas, dos bulliciosas piezas que irrumpen en un espacio tejido de un manto negro traslucido. El agua como cascada que salpica gotas ínfimas sobre las partes desnudas de nuestro cuerpo. El sonido es distinto, es continuo, grave, profundo. Es una experiencia sin pausa, continua, de aroma a agua y madera.

El castillo ha dejado de ser el mismo que cuando pude cruzar su puente escondido. Se han llenado sus tanques, se han vaciado lentamente sus recipientes en cada uno de sus salas, el acueducto ha ido llenando y el suelo ha ido vaciando una y otra vez.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha vaciado el tercer estanque. El castillo esta sin su foso, sin su coraza y sin su reflejo.

Probablemente regrese, este castillo silente cambia con el lento trasvasije, con el llenado y el vaciado. Nunca será el mismo, nunca será igual. Es un castillo vivo, aun mágico, aun misterioso.

Seguramente, tampoco seré el mismo cuando mis pies inunden su tinta negra otra vez.

Los pasos en el suelo, son dispersos. El agua ha vuelto a llenar uno a uno los estanques. El castillo nuevamente esta como cuando lo descubrí.


Equipo.
Tomás Villalón. 
Emanuel Astete.

Pablo Schmith

Juan Elton.
Nicolás Schmith.
Santiago Rodriguez.
José Cordero.


Domingo Arancibia.
Matias Velarce.